Punto de Inflexión

¿Cuántos sueños rotos puede soportar una persona? ¿Cuántas veces puede lidiar con la decepción hasta quebrarse del todo? ¿Alguna vez te preguntaste qué lleva a una persona a volver su corazón en piedra? Normalmente no se nace sin corazón, muchas de las personas que hoy ves manteniéndose imperturbables han recorrido un camino tan desolado como difícil.

Se juzga, se piensa, se cree conocer a ese “desalmado” hasta que por azares descubres que cuando era niño, era diferente ¿Por qué dejaste de ser así? Dirás, y él simplemente se encogerá de hombros, restándole importancia ¿Qué caso tiene explicarlo? Si solo es una pregunta vacía.

No ves las lágrimas vacías, los reflejos en el espejo en los que no hay nada. Como el pasar de los días se vuelve tan irrelevante. Solo se continúa, se deja llevar en una perfecta fachada de indiferencia.

Y entonces ocurre lo inevitable.

El hielo se quiebra.

El cristal se rompe.

La máscara se despedaza.

Un detonante ínfimo tal vez, un detalle al pasar, algo que tal vez ya viviste tantas veces que dejas de soportarle. La gota que colma el vaso.

Un comentario desatinado que ya escuchaste hasta el cansancio, y el cansancio llegó. Llegó en un mar de lágrimas, en ira descontrolada, en angustia desmedida. Sintiendo el peso de tus secretos caerse, aplastando de la peor forma las posibilidades de ser un hielo.

¿Cómo se vuelve a ser una piedra si ya demostraste que tu corazón todavía late? ¿Cómo recompones algo para que vuelva a estar roto de la misma manera que antes?

Y caes.

O avanzas.

Te incineras en el fuego que provocaste, ese mismo que derritió las paredes de tu infierno personal. Que destrozó tus máscaras, que quemó tu miedo a hablar.

Y caes.

O renaces.

Te deshaces de todo lo que te ha herido, que arda en lo más profundo de aquel infierno al que no piensas volver. Quemas los miedos, las inseguridades, dejando aquel ser que siempre fuiste y nunca te dejaste ser.

Entonces, vives.

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Historia Desordenada

En un rincón un tanto alejado del centro de aquella ciudad cosmopolita una joven pedía un lugar para ella en un café un tanto particular. A diferencia de muchos lugares apartados que buscaban crear intimidad entre cada uno de los visitantes, aquella cafetería en particular poseía diversas mesas con bastantes lugares, planeada para que cada cliente tuviera que sentarse con gente que no fuera necesariamente conocida de ellos. Para algunos, la idea era conseguir que se relacionaran con personas que tal vez de otra forma no llegarían a conocer, pero para aquella muchacha de dorada cabellera se conseguía el efecto contrario.

Era un lugar un tanto bohemio, con sillas dispares, tazas que no hacían juego, con platillos de diferentes diseños. Aún así era un lugar cálido, con aquel aura a mezclas que tanto le caracterizaba, donde prestando atención podías notar las conversaciones en diferentes idiomas de los viajeros que pasaban por allí. En un lugar así, tales mezclas no funcionarían si fuera gente que se viera día a día, por lo que en realidad, muchos visitantes pasaban por allí. Personas de todas partes del mundo, acompañadas, solitarias, hablando el idioma local, o manejándose con señas. Y aquel variopinto conjunto de casualidades resultaba el lugar perfecto para ella.

Como otras veces se sentó en la silla que le indicaron, tomó un cuaderno de su mochila y puso música con su mp3, usando tan solo un auricular. De a ratos echaba miradas alrededor, dibujando diferentes destellos. Una mano levantando una taza, la cuchara a un costado de la azucarera, una sonrisa distraída ante un comentario que no llegó a captar. Eran dibujos simples, detalles vagos que no llegaban a conectar entre si, y aún de esta forma, resultaban en un entramado tan extrañamente bello, que al final, no podía más que admirar el resultado.

La rubia dibujaba ahora el extraño diseño del tatuaje de un muchacho a varios asientos de distancia cuando, un hombre un tanto mayor, se sentó a su lado. Vestido con suma elegancia, dejó su sombrero colgando de su silla mientras apoyaba su bastón en el borde de la mesa. El recién llegado se estiró en su asiento, alzando levemente la vista para observar mejor los dibujos de la muchacha, sorprendiéndose gratamente de su habilidad.

– Es usted una joven muy talentosa -. Comentó vagamente en un marcado acento suizo, sacando a la rubia de sus pensamientos.

La dibujante dio un pequeño brinco algo sorprendida por el comentario antes de quitarse el auricular buscando a quien le había hablado. Sonrió levemente, acomodando un mechón detrás de su oreja irguiéndose en su silla. Dejó su lápiz a un costado y le enseñó la hoja a su improvisado espectador.

– ¿Qué le parece visto de esta forma? – Preguntó la muchacha echando una mirada a los ojos del anciano.

– ¿Puedo? – Preguntó el mayor, haciendo un ademán para sujetar el conjunto de dibujos. La joven asintió y él tomó aquel papel, ubicándolo mejor a sus gastados ojos.

La inspección en cuestión no duró demasiado, aún así se podía ver en los ojos azules de aquel hombre que había revisado cada tramo de aquella pieza. Pasó una de sus manos sobre aquel dibujo hasta detenerse en una sonrisa distraída.

Sonrió con nostalgia y le devolvió el dibujo a la muchacha, quien lo sostuvo expectante a un veredicto que parecía ir formándose en la cabeza del otro.

– ¿Sabe señorita? Cuando tenía su edad me hubiera gustado tener su talento -. Comentó mientras juntaba sus manos sobre la mesa -. Pocas personas tienen la capacidad de centrarse en lo que les apasiona, aún en un lugar así.

– ¿Por qué lo dice? – Preguntó ella, algo extrañada, observando con mayor cuidado su trabajo.

– Porque se nota que usted tiene una vocación clara, y la esta siguiendo, muchos de nosotros solo seguimos sueños armados que no nos llevan a nada -. Explicó un poco más, antes de frotarse la barba con una mano -. Espero en verdad que pueda darle una continuación a la historia que esta armando, cuando la termine, me gustaría verla.

– ¿Cómo supo que es parte de una historia? – Preguntó, algo más sorprendida, principalmente porque era todo demasiado abstracto como para darle alguna cierta de orden cronológico como una historia llegaría a ameritarle.

– No hablo del dibujo, hablo de la tuya -. Soltó el anciano antes de ponerse de pie, tomando sus pertenencias, dando por terminada aquel improvisado encuentro -. Las sonrisas le salen muy señorita, le recomiendo siga con ellas. Que tenga un buen día.

El anciano en cuestión se colocó su sombrero, hizo un gesto a modo de saludo y se retiro del lugar, dejando a la dibujante algo perpleja, mientras comenzaba a observar sus dibujos. Soltó una breve risa y siguió con lo suyo, aquel extraño señor valía la pena ser retratado, pensó mientras tomaba una hoja en blanco y comenzaba a bocetar al viajero.

Destino Enredado

Siempre me pregunté cómo llegué hasta ser lo que soy. No soy una persona,pero parezco humana, no estoy viva, pero me muevo, no tengo cerebro, pero pienso, o al menos eso creo. Admito que tengo envidia de las personas, sobretodo de esas chicas que caminan entre las multitudes, esconden el rostro tras pomposos abanicos y parpadean con coquetería. Yo no puedo parpadear.

Tal vez si mis párpados no estuvieran pintados sobre mis ojos y fueran reales, podría. Podría si él quiere.

¿Él? ¿Quién es él? Él es el dueño, el que me maneja, el titiritero. Decide cuando me muevo y cuando no, lo que hago y lo que dejo de hacer, quien puede verme y quien no. En un principio no me daba cuenta, creía que yo decidía todo sobre mi vida. Pero con el tiempo me di cuenta de todo.

Fue cuando me enredé los hilos con mis manos que me di cuenta que era eso lo que me manejaba. Yo no decidía nada, simplemente me dejaba llevar por lo que él quería, y es que de otra forma era imposible moverme, los hilos ataban mi voluntad, haciendo que fuera imposible desobedecerle. Algo desesperante y aterrador en partes iguales.

Él decidía todo, haciendo cosas conmigo que jamás hubiera siquiera pensado, ignorando mi voluntad, ignorando mis súplicas, yo me movía con gracia hacia aquello que detestaba. Después de todo, siempre he sido una arreglada y demente marioneta.

Y aquello me volvía loca, me desquiciaba hacer una voluntad ajena, por lo que comencé a mirar curiosa mi entorno, presté mayor atención a quienes me rodeaban cuando él me manejaba. Quienes se entretenían en mayor medida con mis movimientos y quienes parecían acongojados por mi situación. Fue así que la conocí.

Ella era diferente al resto de los espectadores, la única que parecía observarme como algo más que un mero entretenimiento que luego sería guardada en una caja para que no se estropeara. Sufría con cada movimiento en contra de mi voluntad, sufría cuando veía mi expresión vacía al bailar para la gente. Y por su mirada descubrí que no quería más la vida que estaba llevando.

Quien me manejara no entendía lo que yo quería, no veía más allá de su egoísmo que cada uno de los movimientos rebuscados podían terminar en hilos enredados, en extremidades dobladas en ángulos preocupantes, y que a pesar de la serenidad de mi rostro, puesto que así lo habían pintado, dolía. Dolían los tirones, dolían las piruetas, dolían los movimientos exuberantes que me obligaba a realizar. ¿No entendía que yo no era así? Prefería quedarme tranquila en un rincón, prestando atención al mundo tan curioso que me rodeaba.

Deseé entonces que aquella mujer fuera quien manejara los hilos, anhelé desde lo más profundo de mi ser que fuera aquella joven de dulce mirar quien fuera dueña de mi.  Y con aquel pensamiento caí en cuenta de que tal hecho sería más de lo mismo. ¿Qué garantías tenía de libertad al dejarme manipular por otra persona? Al final, seguía siendo una marioneta ¿Qué me aseguraba que una vez rota no fuera desechada como si nada?

Fue así como llegué a la verdadera decisión que marcaría mi existencia, ya no sería marioneta de nadie, no dejaría nunca más que alguien más decidiera por mi, yo definiría mi propio destino, yo manejaría los hilos que me ataban a la realidad.

O, mejor dicho, yo rompería aquel lazo que me unía a la esclavitud de ser un simple objeto inanimado con una consciencia demasiado activa. Era un plan simple, una idea bastante clara formada en mi mente de madera. Al menos lo era conceptualmente, puesto que mis limitaciones físicas llegaban a ser un verdadero incordio en este caso.

¿Cuál era mi plan entonces? Deshacerme de los hilos, aquellas cadenas que me manipulaban más allá de mi propia voluntad, acallando mis opciones, reduciéndome a lo que otros querían que fuera.

¿Cómo lo haría? Aquella si era una pregunta consistente. Aún así ya había elaborado mi plan, era tan simple como respirar, o bueno, eso suponía yo, jamás había respirado en mi “vida”. Pero a fin de cuentas, se entiende la analogía ¿no?

Sea cual fuere el caso, de respirar o no, mi decisión estaba tomada, mi plan elaborado y todo preparado para que fuera ejecutado. Tomaría algo de tiempo, puesto que moverme en contra de los hilos era algo sumamente difícil, doloroso como jamás podría imaginarse, algo que sabía tendría su fin al momento en que me liberara de ellos.

Fue después de un espectáculo, una de las rutinas que más odiaba y de la cual me negaré a hablar, en la que decidí ejecutar mi escape. Cualquier movimiento, por más leve que fuera, requería un extremo esfuerzo de mi parte, y el que necesitaba para escapar era mucho más de lo que jamás hubiera hecho. Pero lo necesitaba, no podía soportar más ser la marioneta de nadie.

Tiré entonces, con toda la fuerza que poseía, con todo el dolor que significaba, con toda la furia que me causaba haber sido esclava tantos años de una voluntad ajena, perteneciendo a alguien más que mi misma. Y lo logré.

Logré deshacerme de mis ataduras, escapar de aquel infierno. Y dar un solo paso. Tan solo uno.

Con aquel último movimiento, alejándome de los hilos que me manipulaban, perdí el poco control que poseía sobre mi propio cuerpo, cayendo de forma inevitable contra el piso recién pulido. Mis ojos quedaron en dirección hacia aquellos hilos que me habían manipulado, observando entonces como estos se iban desapareciendo, haciendo que comprendiera todo.

Aquellos desgraciados hilos no solo me ataban a una voluntad ajena, sino que eran quienes me conectaban a mi propia mente. Y así como me había deshecho del lazo con otros me deshice del lazo conmigo misma, poniéndole fin a mi propia existencia.

Sería mi final, pero de alguna forma me sentía feliz. No tendría la oportunidad de vivir una vida propia, pero ya nadie me manejaría, yo le había puesto el punto final a una existencia sin sentido, y por primera vez, era yo quien decidía cuando se terminaba la obra.

El Sol Eterno ¿Nos guía?

Decir que tenía el corazón estrujado, hecho trizas, separado en partes y pisoteado por varios caballos podría sonar exagerado, pero aún así sentía que era una manera breve y bastante leve de describir su estado. Sabía que por la naturaleza de una guerra, y del oponente en cuestión, era lógico esperar que hubiera bajas. Ella misma había dado fin a un montón de vidas en tales casos. Había observado de primera mano la caída de su propia familia, sintiéndose tan ajena a la situación que su sentimiento de culpa no había tardado demasiado en aparecer. Lo sabía, lo sentía en cada tramo de su existencia, en el aire que respiraba, en el contacto con la suave brisa. Con sus estúpidas ideas de ser más, de ganar la atención, se apartó de todos, y así como se apartó los perdió.

La historia se repetía nuevamente. En el momento en que algo le daba sentido a sus días, el separarse y el destino le jugaban una muy mala pasada. ¿Este era el premio a pagar por su soberbia? ¿Por su orgullo? ¿Por sus celos? Creía haberlo pagado ya, pero parecía que eso no era suficiente, nunca sería suficiente. No hasta que se desprendiera totalmente de todo sentimiento egoísta, mientras tanto, el destino, la vida, lo que sea, le jugaría aquellas jugadas tan desagradables, arrebatándole lo más importante en sus narices, en el segundo en que desviara la mirada al costado, lo único que tenía caería como un castillo de naipes.

Dejó caer los hombros, totalmente extenuada. En una actitud reprochablemente infantil, se hizo un ovillo en su lecho, observando su mirada en el anillo que sostenía en su mano. A decir verdad, aquel no era propiamente suyo, pero al momento de intercambiar el propio con aquel le había sonado una buena idea. ¿Acaso no tenía derecho a conserva un recuerdo de aquel sentimiento que había desestabilizado todos sus planes? El destino no podía ser tan cruel como para negarle aquello ¿Verdad?

Besó aquel anillo, cerrando los ojos con un anhelo desesperado. La añoranza le destrozaría. Lo anterior no había sido nada. Perder a sus padres no se comparaba a perder a su amado. ¿Qué sabía ella de amor? Poco. Toda una vida alejada de su propia familia, sin sentimientos más que un leve compañerismo, un fanatismo ciego a sus creencias y un desconocimiento total sobre los sentimientos de esa clase. Se sentía como una chiquilla tonta, de esas que suspiran irremediablemente ante una simple mirada. Y es que si se habían dedicado miradas… Se habían dedicado mucho más.

Los colores no tardaron en aparecer ante tales recuerdos, se tapó la cara, como si alguien pudiera notar como su rostro pálido tomaba el color de su cabellera. Se alertó al notar que el anillo se le resbalaba, por lo que se sostuvo de un brazo mientras con el otro rebuscaba hasta dar con tal pieza. Al tomarla nuevamente, la sostuvo con anhelo, con desesperación, con desolación. Aquello era lo único que tenía, el único recuerdo que le quedaba de su primer amor, y probablemente del único.

Se recostó del todo, tapándose los ojos con un brazo, mientras con su otra mano jugueteaba con el anillo sobre su pecho. Oh, en verdad se sentía devastada. Quería gritar, quería romper en llanto, quería permitirse por una bendita vez en su vida ser la más simple de todas, sin su fachada de serenidad absoluta. Pero así como lo deseaba, lo sabía imposible, no había llegado hasta allí para que otro golpe en su vida la hiciera caer, el sacrificio había sido constante. ¿Qué diría él? Se burlaría, lo sabía, le diría que se preocupaba demasiado, que debía distenderse, que no tenía sentido sacrificarse tanto por algo que al final no tenía sentido.

Soltó una leve risa, apenas audible, lo siguiente dejó de pensarlo antes de que el rojo volviera a sus mejillas. Aquel color mejor lo alejaba, estaba bien en su cabello y armadura y ya. Corrió el brazo y observó el anillo brillar a contraluz, le resultó hasta irónico que tal pieza refulgiera con tal intensidad ante la luz del sol que se filtraba por la ventana teniendo en cuenta que su verdadero propietario tenía en muy baja estima a tal elemento. Recordaba sus burlas, sus dudas ante tal creencia, como le había negado que tal cosa pudiera ayudarle, y allí estaba, su anillo de compromiso brillaba como el sol.

 – Anu belore dela’na*-. Murmuró entre dientes antes de besar aquel anillo y ponerse de pie.

Se había terminado el momento de reflexión, era hora de pasar a la acción. Tomaría su venganza. No. No era venganza lo que ella quería, tal vez él si hubiera tenido tal actitud en caso de ser contrario, movería cielo y tierra hasta consumar su venganza. Pero ella era diferente, ambos eran tan irremediablemente diferentes que era impensable el cómo habían conectado. Lo que ella quería era que nadie más sufriera, ni siquiera ella misma, tenía que avanzar, tenía que ir hacia adelante, y tenía que hacerlo por él. ¡Por la fuente del sol! ¡Tenía que avanzar por él!

– No… No avanzaré por ti -. Negó con seguridad observando el anillo, antes de ubicarlo en su dedo anular izquierdo, lo observó brevemente y sonrió con calma, con aquella que le caracterizaba, con una calma que ahora era acompañada por su compañía -. A partir de ahora, tu serás quien me guíe.

*el sol eterno nos guía en thalassiano.

Escúchame Otra Vez

La gente aplaudía a la orquesta, las luces iluminaban aquel salón, haciendo que la joyería de cada dama reluciera aún más de lo habitual. La gente bailaba, reía, conversaba entre ellas en uno de los pocos eventos sinceros que habían ocurrido en la corte. Los más jóvenes coqueteaban, inspirados por la situación, mientras los mayores observaban con nostalgia aquella vivacidad. Todo en aquella noche era perfecto, como un cuento de hadas… Y así como los cuentos, eso había quedado atrás.

El viejo salón de baile de un antiguo castillo había perdido su gloria. Ya no había cuadros con marcos de oro, no había músicos habilidosos traídos desde los confines del mundo, no había vestidos pomposos, ni joyería que refulgía como el astro rey. No había mozo llevando bocadillos exóticos de un lado a otro, ni bebidas refinadas servidas en copas de cristal. Todo eso había quedado en el pasado, uno demasiado distante.

¿Cuántos habían transcurrido desde la última vez que pisaron tal habitación? Tantos que no tenía caso contarlos con el esmero en que lo hacían, pero también había sido algo tonto tal vez el volver tantos años después. Observar como el lugar que había sufrido ya su apogeo y caída, quedaba como un simple recuerdo de épocas mejores.

Aunque todo aquel esplendor, todo ese brillo, se hubiera perdido tiempo atrás, a ojos de la pareja no había lugar más bello sobre la tierra que aquella habitación, y los recuerdos que inundaban sus mentes mientras recorrían cada rincón, comentando sobre toda las veces que habían bailado en aquel piso deteriorado con los siglos.

– Oh, querido ¿Cuántos años han pasado? – Preguntó aquella mujer de cabellos dorados. Al igual que todo el lugar, ella parecía producto de otra época, luciendo un vestido largo, de exquisito brocado rojizo en oro.

– ¿Desde la última vez que pasamos por aquí? ¿O desde la primera? – Inquirió con tono divertido un hombre de cabellos de ébano, vistiendo lo que un príncipe del siglo XVI.

La muchacha volteó a verle, sonriendo con tímida coquetería, mientras hacía una profunda reverencia. Él respondió con el mismo gesto, antes de extender su mano. Ella aceptó el gesto, y sin previo acuerdo, comenzaron a bailar un delicado vals.

– Te ves tan bella como la primera vez que nos casamos -. Le halagó, maravillado por los hermosos orbes oscuros de la joven.

– Sigo creyendo que tu juicio siempre fue algo imparcial -. Respondió ella, dejándose llevar por una melodía que surgía de ellos mismos.

Ya no había músicos, ya no había gente que apreciara el baile de los recién casados. No había quien envidiara la pasión en sus miradas… Y aún así, con cada paso, el lugar volvía a brillar, como si volviera en el tiempo a aquella primera danza.

Sus pasos dejaron de retumbar en un lugar vacío, mientras poco a poco varias parejas surgían danzando a su alrededor, la orquesta iba haciendo acto de presencia, mientras se volvían a escuchar los suspiros de las jovencitas quienes soñaban con un amor tan sincero como el que la pareja se profesaba entre si. No había quien no envidiara la dicha en sus miradas.

– Podría bailar contigo por toda la eternidad -. Murmuró él, mientras hacia que su pareja diera una voltereta, sonriendo con esa delicadeza propia de un ángel.

– ¿No es eso lo que llevamos haciendo? – Preguntó ella, dejándose llevar nuevamente por aquella melodía mágica, que los trasportaba a otra época, a una más bella, más romántica, más de ellos.

Él solo rió levemente, acompañándola en aquel baile nostálgico. Cierto era que bailaban aquella pieza con relativa frecuencia, y aunque solo vistieran como en aquel momento para marcadas ocasiones, no podía dejar de maravillarse de la hermosa sensación que recorría su mente al observar la felicidad en su rostro. Se sabían enamorados el uno del otro, como hacía tanto, como siempre, como seguirían estando.

Al finalizar su baile, hicieron una reverencia, a ellos y a sus memorias, mientras todo el brillo del lugar desaparecía tan místicamente como había llegado. La música dejó de sonar, mientras sus corazones latían nerviosos ante aquel beso inminente, como si fueran dos chiquillos que conocían a su primer pareja.

– Agradezco que nada le haya pasado a este lugar -. Dijo ella, dando una leve vuelta por todo el lugar ante la atenta mirada de su marido -. Sería una lástima que el lugar donde nos hemos casamos tantas veces se perdiera.

– Querida, sabes que jamás dejaría que le hicieran nada a este viejo castillo -. Afirmó él, acercándose a ella para contemplar el único cuadro que quedaba intacto. Uno en el que se veía una pareja sospechosamente similar a la que hasta recién había danzado.

– Felices cien bodas, amor mío -. Felicitó ella, poniéndose de puntillas para depositar un delicado beso en los labios de su marido -. Y que sean muchos más.

Él colocó sus manos en la cintura de ella, la levantó y la hizo girar a su alrededor, observándola encandilado de su belleza. La misma que llevaba varios siglos admirando.

– Felices cien bodas, querida mía -. Respondió él, besándola con pasión -. Que aquello que se unió, nadie lo separe.

Se sonrieron tímidamente como niños enamorados, se besaron con la pasión de los jóvenes, se acompañaron como los adultos que el mundo creía que eran, y siguieron juntos por los siglos de los siglos, como los inmortales que eran.

 

Amanece

Nunca creyó volver a aquel lugar, a aquel desolado paisaje donde su vida había dado el más brusco de sus giros. La tierra apestaba a muerte, tanto como ese día, tanto como los árboles resecos, como los animales que vagaban sin descanso. Aquel lugar estaba muerto, y aún así no descansaba.

Con pasos lentos recorrió aquel último tramo hasta llegar a lo que parecía haber sido una vivienda. La estructura estaba completamente destruida, no solo por la no-muerte, sino también por las décadas que había pasado sin un solo cuidado. La rubia se derrumbó sobre lo que quedaba de la entrada, sintiendo el peso de los años como nunca. Sentía cada maldito recuerdo volver, golpear su pecho y destruir las pocas defensas que había podido levantar en aquel tiempo.

¿Qué la había traído a aquel lugar? ¿Por qué volver a donde había perdido todo? No tenía caso. Había decidido dejar atrás todo su pasado, pero allí estaba, recordando, viviendo, el momento en que su hermana era despedazada por aquellos cuerpos sin vida.

Suspiró largamente, recordando el motivo por el que había dirigido sus pasos a aquel lugar. Su vida volvía a peligrar, y era bien sabido que la rubia prefería caminar en pleno día por Orgrimmar a visitar su último “hogar”. Carraspeó molesta, ahora no estaba tan segura de que hubiera sido una buena idea, a decir verdad parecía mejor el haberse quedado luchando a tener que soportar tal torrente de recuerdos.

Caminó hasta lo que había sido el interior de la morada, conteniendo las lágrimas que tras años de ausencia, parecían agolparse en sus ojos, esperando el momento en que pudieran por una vez reflejar todo lo que la rubia sentía. Definitivamente, aquello había sido la peor maldita idea que se le había podido ocurrir.

– Maldita yo -. Murmuró por lo bajo, sentándose en el único rincón que podía funcionar verdaderamente como escondite. Se abrazó a sus propias piernas y escondió el rostro tras sus rodillas, llorando por primera vez en años. Maldito el momento en que se quedó huérfana, maldito el momento en que se separó de su hermana para conseguir aquel huevo de draco-halcón, maldito el momento en que decidió irse y más aún maldito el momento en que decidió volver.

Le dolía la cabeza de llorar, le dolía el cuerpo de huir, le dolía cada cicatriz, como si sintiera nuevamente cada golpe en su cuerpo y aún así, aún con su atormentada mente jugándole una mala pasada, logró dormirse. Claro que como cada vez que dormía lejos de su hermano, las pesadillas no se hicieron esperar. Todo lo que intentaba ahuyentar mientras estaba despierta, le atacaba ahora sin tregua, como si su mermada fuerza pudiera resistir tanto dolor.

Las imágenes no se definían, las situaciones se entremezclaban, algunas siendo reales, tales como la muerte de su hermana menor, la traición de Leviros, como situaciones reflejo de sus peores miedos, la mayoría involucraban una tortuosa muerte para su hermano mayor.

Despertó aún más cansada que antes, sintiendo aún el peso de la noche sobre su espalda. Levantó la cabeza, observando las estrellas entre las ruinas de la última vivienda que había habitado de forma estable. En cierto punto extrañaba la seguridad de aquel lugar, o mejor dicho, la seguridad de tener a donde volver. Y después de tanto tiempo, algo en su corazón se reconfortaba allí. Soltó una risa apenas audible, lastimera en buena parte. Recargó la cabeza contra la derruida pared, y lloró, lloró mientras reía. Sintiéndose inútil, un fracaso, una niña que solo huía ¿No era eso lo que estaba haciendo allí? Como una pequeña había ido a esconderse a su casa, como quien se cubre con la cobija, esperando que de esa forma los fantasmas no le acechen.

– Ridículo -. Se recriminó, tapándose los ojos con una mano, tratando de recuperar su semblante de hielo.

¿A quién quería engañar? Estaba sola, nadie podía verla desquebrajarse como en aquel momento. Aún así se reprendió por ser tan débil, maldiciéndose a sí misma por haber caído tan bajo mientras se limpiaba las lágrimas. Aquellas serían las últimas que derramaría en su vida. No podía permitirse ser una mocosa llorona, no siendo quien era, no siendo Rillian del Ocaso, la Sombra Obsidiana. Se suponía que para todos, y para ella misma, era una desalmada que solo le interesaba el oro. Y así era mejor que siguiera siendo, o lo pagaría muy caro.

Tomó aire, poniéndose de pie. Echó una mirada alrededor, antes de tomar el arco y su carcaj, a los cuales había dejado distraídamente en quién sabe qué momento. Se reprochó tal descuido. Decidió entonces continuar su camino, mejor salir lo más pronto posible de aquellas tierras, o su falsa fortaleza no duraría un instante más.

Levantó la mano derecha, casi como si se despidiera definitivamente de su hogar, y comenzó a recorrer el camino que la alejaría de las tierras thalassianas. Muchos pensarían que era una estupidez mayúscula el viajar de noche, más en aquella zona, pero de alguna forma, la noche le daba cierto ápice de seguridad, de día sería muy fácil la reconocieran, y no estaba en una situación donde le conviniera tal cosa.

Caminó con cautela, manteniendo todos sus sentidos enfocados en cualquier posible amenaza, aprovechando la escasa luz natural, sabiendo que encender una pequeña antorcha sería lo mismo que lanzar una bengala en el campo de guerra.

La suave brisa del lugar le heló el cuerpo, por lo que apresuró el paso, sintiendo el peligro en cada tramo de su ser. No podía olvidar que aquel lugar no solo era peligroso por las patrullas de Quel’thalas, eso, dentro de todo, era la menor de las amenazas. Bufó mientras continuaba por la bifurcación que la llevaría a las tierras de la peste… No era un lugar particularmente seguro, pero sería más fácil moverse una vez lejos de allí, si no le fallaba la memoria, tenía un par de contactos por la zona que le debían alguno que otro favor, y este parecía un excelente momento para cobrarlos.

Un sonido llamó su atención, el pasto crujió de otra forma, una piedra rodó hacia un lado, casi pudo sentir como alguien se abalanzaba sobre ella. Saltó hacia un costado, tomando una flecha y tensando el arco, apuntando en la oscuridad. Su oponente estaba cubierto con una armadura negra, o al menos eso parecía. Y a juzgar por su figura, la conclusión a la que llegaba era simple “caballero de sangre”. Aquello no pintaba nada bien. No para ella.

Disparó a donde suponía estaba la pierna del elfo, maldiciendo la armadura. Tenía buena puntería, y sabía encontrar los puntos débiles de estas, pero con la escasa luz con suerte si llegaba a deducir lo que su oponente vestía por el ruido de la armadura.

Otro ruido, alguien más estaba allí. Se movió a tiempo que esquivaba otra espada. Dos contra uno, ambos con armaduras bastante completas, ambos expertos en la batalla, que probablemente habían dormido mejor, estaban en mejor estado físico, y hasta manejaran alguna magia. Las probabilidades le escupieron en la cara. Eso era una sentencia.

Disparó otra flecha, esta vez hacia el cuello, si la memoria no le fallaba, los caballeros de sangre no cubrían demasiado esa zona. El otro aprovechó aquel momento para lanzarse contra ella, acorralándola contra un árbol. Tomó lo más rápido que pudo la daga de su cinturón y lanzó un corte en dirección al tipo. Apenas logró rasguñarlo, pero al menos lo había alejado.

– Hasta aquí llegaste, del Ocaso -. Sentenció un tercer caballero de sangre. Uno a sus espaldas, uno que con todo el ajetreo de la batalla no llegó a notar.

Antes de que pudiera voltear, la sangre comenzó a brotar de su pecho. Bajó la mirada, observando el leve fulgor de la espada imbuida en magia. Aquel resplandor le permitió ver su tabardo manchado, su vida escaparse de su cuerpo. Rompió su promesa de no volver a llorar mientras contaba los segundos que le quedaban de vida… Todo había terminado.

Alzó levemente la vista al cielo, las estrellas brillaban menos ¿O brillaban más? ¿Aquello era el amanecer? ¿Aquellas eran las deplorables tierras fantasmas? ¿O el bosque refulgía como antaño? ¿El sonido que le aturdía eran risas? ¿Las risas de sus padres? ¿La risa de Ylaisha?

Pensó en Theriell, en su hermano que quedaba solo… Esperaba que pudiera continuar, él era su fortaleza, lo había sido desde siempre y ahora lamentaba su imprudencia. Quiso murmurar una disculpa, una disculpa tardía que no llegó a salir de sus labios.


El caballero de sangre retiró su espada del cuerpo sin vida de la elfa, observando con repulsión la sangre que manchaba la hoja. Los otros dos miraron sorprendidos la facilidad con la que se había deshecho de aquella mujer que tantos problemas había dado. Uno incluso se tomó el trabajo de cerrarle los ojos. Aquel era el fin para Rillian del Ocaso, y probablemente, sin pensarlo, también fuera el fin de la Daga Obsidiana.

Nacida Para…

Septiembre.

Detestaba aquel mes. Lo despreciaba desde el momento en que se acercaba inevitable en el calendario, disfrutando con placer casi obsceno el retirar aquella hoja del almanaque. Dependiendo el año solo lo tiraba a la basura hecho un bollo, otros, a decir verdad la mayoría, solía destrozar aquel papel hasta dejarlo irreconocible.

Resopló bastante molesta, aquel día había llegado a su agenda con demasiada velocidad. Echó una mirada a la hoja correspondiente a la fecha. Lo bueno de acostumbrar agendas de papel y no la de su sofisticado teléfono es que le daba la ventaja de poder romper aquella pieza, mancharla en tinta o tirarle la totalidad del artefacto al primer infeliz que se cruzara en su camino.

Llegó a la oficina más temprano de lo habitual, detestaba ver las caras de sus compañeros de trabajo en aquellos días. Todos en aquel lugar sabían muy bien que aquel sería un extenuante día, así como los veintinueve días que le seguirían.

La primavera nunca llegaba felizmente. Aunque muchos intentaban alegrarse en los días más largos, las flores que ahora adornarían las calles, el agradable aire moriría en cuanto la mirada de la mujer se hiciera presente.

La jefa, o tirana como le decían algunos entre murmullos, se encerró en su oficina con su taza de café, observando con desprecio la computadora delante suyo. Había tan poco para hacer. No había forma de sacarse eso de su mente, a la vez que observaba la condenada fecha en el aparato. Si no fuera por la cantidad de documentos importantes que tenía en este, lo hubiera lanzado contra el suelo, intentando aplacar su ira.

El teléfono sonó, llamando su atención. Nadie le llamaba tan temprano a la oficina, se suponía que ella entraba al menos una hora más tarde. Atendió sin siquiera fijarse en el número.

– ¿Qué pasa?

– Buen día, princesa -. Le respondió una voz dulce, aterciopelada, irritante.

– ¿Qué quieres?

– Si tienes un hueco en tu apretada agenda, nos veremos a las 5 en la cafetería frente a la estación. La situación lo amerita.

– ¿En verdad lo crees?

Escuchó una pequeña risa al otro lado del teléfono. Una desesperante y burlona risa.

– Los hermanos sean unidos porque esa es la ley primera…

– Si, si, ya lo sé -. Le interrumpió, bastante molesta -. No necesito que me repitas el Martin Fierro. Yo si lo leí completo. Te veo a las 5.

Y antes siquiera de obtener una respuesta, cortó con brusquedad, esperando que tal vez el teléfono se rompiera y nadie más le llamara. Suspiró. Era un sueño demasiado bonito para hacerse realidad en tales circunstancias. Aquel día estaba destinado al desastre.


Miró el reloj de nuevo, 4:48 pm. Resopló repitiendo lo mismo que se venía diciendo desde hacía al menos 5 minutos. Pasadas las 5 de la tarde, le daría 60 segundos para llegar, luego de eso se iría con su hermoso humor del demonio lejos de aquel lugar.

Echó una mirada hacia la ventana, las figuras abrigadas al menos le daban cierto sosiego. Al menos el mes no estaba escupiéndole en la cara desde tan temprano.

– ¡Hermana!

Aquella irritante voz.

– ¿Desde qué hora estás aquí?

– Hace demasiado para mi gusto -. Comentó, asqueada ya de la conversación.

– Siempre tan simpática -. Respondió mientras se sentaba en frente mío, haciéndole una seña a una de las mozas para que trajera dos café. Arrugó la nariz pensando en lo molesta que iba a ser la reunión – ¿Por qué esa cara hermanita, no te alegra ver a tu hermano al que tienes tan olvidado?

– No, para nada. Si me interesara verte trataría de mantener contacto contigo -. Dijo, poniendo los ojos en blanco, él soltó una risotada – ¿Se puede saber qué es lo gracioso?

– Es divertido hacerte enojar, sobretodo cuando no puedes despedirme por ello -. Comentó, aún con aquel gesto de diversión que tanto me irritaba.

Antes de que pudiera soltar algún otro comentario, un mozo se acercó con dos café, los clásicos vasos de agua para acompañar y un par de galletas de limón. Tenía que admitir que al menos aquellas galletas valían bastante la pena.

– ¿Y bien? ¿Para qué querías verme? -. Preguntó, bastante hastiada de aquel juego.

– Uysh, que humor -. Comentó socarronamente -. Tranquila, no pienso robarte demasiado tiempo, primero lo primero -. Dijo mientras sacaba un paquete de su mochila, dejándolo sobre la mesa – ¡Feliz cumpleaños!

– ¿Es una broma, verdad? – Soltó, pensando si enterrar la cuchara en su pecho, o usarla para quitarle los ojos – ¿¡En verdad quieres decir eso!?

– Si, es en serio. Abre el paquete, y más tarde me mandas a la mierda como siempre -. Dijo menos amigable -. Si vas a hundirte en tu mierda, al menos dame un momento para hablar con la hermana con la que crecí.

Parpadeó sorprendida ante aquella respuesta, de todas las posibles situaciones, no se esperaba que su hermano se dejara de juegos para ser minimamente serio. Se recobró de la sorpresa tras unos momentos, y tomó el paquete algo insegura. Miró un momento a su hermano, para luego abrir el paquete, dando con un libro.

– ¿Nacidas para Amar? ¿En serio? – Preguntó, entre enojada y sorprendida. La peor maldita broma que le habría podido hacer.

– Si, es de verdad. Y antes de que lo lances o hagas alguna otra estupidez, te pido que pienses un poco. ¿Recuerdas esa frase que tanto repetías? “Su furia contra él había sido grande, porque su amor era grande.” – Citó con exactitud, ella solo resopló.

– ¿Para qué cuernos repites eso? – Soltó, como si fuera una blasfemia -. ¿Te olvidas cómo pasó? ¡Lo encontré en mi cama con un tipo! ¿¡Te parece que no es razón suficiente para odiarlo!?

– Hermana, tienes todo el derecho del mundo a odiarlo. Pero a diferencia de Dorinda, tu sigues enfocada en el equivocado -. Le reprochó, poniéndose de pie, mientras dejaba un billete que pagaba por demás lo consumido -. Te recomendaría, y por una maldita vez en tu vida, escúchame, que dejes de pensar en ese infeliz, y hagas algo de tu vida. Amargándote no vas a conseguir nada.

– ¿Vienes a darme lecciones de vida? – Preguntó ella, arqueando una ceja, entre molesta y perpleja.

– Solo quiero ver si hay alguna maldita oportunidad de que dejes de arruinar tu vida -. Respondió escuetamente, encogiéndose de hombros -. Ahora, si me disculpas, tengo una vida de la que hacerme cargo. Por si te interesa, el jueves tu sobrino cumple un año, estaría bueno que aparecieras, a ver si te convences de que la vida sigue.

 

Empatía

Si me detuviera un momento a pensar lo que había ocurrido, las cosas que hubiera hecho y tuviera la oportunidad de volver el tiempo hacia atrás, tal vez hubiera una ínfima posibilidad de que las cosas sucedieran de otra forma. Quizás, tan solo quizás mi decisión había sido precipitada, impulsada por un arrebato. Pero no podía negar que me sentía bien conmigo mismo.

Eché una mirada a la sangre en el suelo.

Me sentía demasiado bien conmigo mismo, al punto de incluso llegar a reír ¿Hacía cuanto no reía con tanta sinceridad? Demasiado tiempo como para ponerme a pensar en ello y tampoco era como si me importara, al fin y al cabo, había decidido lo irresoluble. Siempre me habían repetido aquellas palabras, aquel concepto.

“La muerte es lo único que no tiene vuelta atrás”.

Tenía que decir que al menos en eso, tenían razón. Aunque el resto no poseía ni la más remota idea de cuáles eran mis intenciones, en este momento lo que más quería era que todo aquello no volviera, que una situación como la que me había enfurecido no se fuera a repetir.

Un teléfono sonó, por décima vez en la última media hora.

Apoyé mi cabeza contra la pared, pensando en lo que ocurriría si alguien se dignaba a entrar en el departamento. ¿Gritarían? ¿Se horrorizarían? Tal vez alguno que otro se preguntaría qué me había llevado a tales acciones. Resoplé, rogando a mi fuero interno no tener que lidiar con aquello.

Me reí de solo pensar en la ironía.

No me importaba acabar con la vida de un montón de desgraciados, eso era completamente irrelevante, lo único que me molestaba era pensar en tener que escuchar la voz chillona de la mujer del que primero había caído. Bien se podía ir al mismísimo diablo. Eso le pasaba por juntarse con un tipo tan despreciable como aquel.

¿Me arrepentía?

Jamás había hecho algo con tanta seguridad en toda mi maldita vida.

Comprende el Silencio

Aquella muchacha era un conjunto de misterios, no había forma diferente de definir su persona, si es que acaso se quería hacer tal tontería. Una muchacha joven, de ojos soñadores, que solía perderse en sus propios pensamiento demasiado seguido. Sumado a ello, tenía la mala costumbre de ignorar lo que los otros le intentaban decir, por lo que era en parte, inmune a todo lo que ocurriera en el mundo.

Pero no solo era una persona curiosa por ello, sino por su oficio. Una cantante, con una voz angelical, capaz de entonar las más delicadas melodías delante de una multitud, pero totalmente tímida para responder un simple “¿Qué tal?”. Curioso, al menos era lo único que decía la mayoría ante tal actitud.

Diferentes psicólogos, terapias extrañas y quién sabe qué más intentaron sus padres, preocupados de que su pequeño ángel no hablara con nadie más que con ella misma. Nada consiguieron que expresiones poco amigables o atemorizadas, por lo que al cabo de un tiempo desistieron totalmente.

Cuando ya nadie sabía cómo hacer que ella decidiera comunicarse, en verdad hacerlo, cruzó su camino con un autor que esperaba la muchacha pudiera darle voz a sus canciones. La conexión fue particular, extraña, inexistente dirán algunos. Pero allí estaban, él escribía sin consultarle nada, solo le mostraba las partituras terminadas y ella las cantaba con todos los sentimientos que retenía consigo misma.

Nadie entendía cómo es que tal cosa era posible, cómo era que dos personas, sin cruzar palabra alguna pudieran entenderse de verdad. Porque no había forma de decir que aquellos dos no se entendieran. Pensaron que tal vez se escribían, que hablaban cuando creían nadie los escuchaba. Pero por más que lo intentaran, jamás se escuchó conversación alguna entre ellos.

Sin embargo, sería mentir decir que no hablaban. Claro que hablaban, todo el tiempo, todos los días. Solo que a diferencia del ruido del exterior, ellos simplemente se comprendían, con una mirada, un movimiento, todo les hacía saber qué estaba pensando el otro y la respuesta a lo que había “dicho” con antelación. De aquella forma, decidieron un montón de cosas. Lugares para visitar, actividades, películas que ver, libros que leer y música para soñar. Entre ellos, el tiempo no pasaba, se detenía en su compañía y volvía al curso natural cuando se alejaban.

Algo en ellos no encajaba con el resto, simplemente eran espectros para el resto, a pesar de haber llegado a ser reconocidos por la excelente dupla que hacían. Solo la voz de ella podía reflejar con exactitud los sentimientos de las letras de él, era algo exageradamente perfecto, que embelesaba a todos, más aún cuando se descubría un poco más de la naturaleza de aquella tácita relación, donde nada se decía y mucho se comunicaba.

Fue una noche de invierno, la primer nevada apenas había llegado y traía ideas nuevas, vientos de cambios. La muchacha se encontraba cantando apaciblemente cuando su compañía llegó, ambos pasaron aquella tarde escuchando un par de canciones viejas, de cuando ni siquiera habían nacido. Cuando se despidieron algunas horas más tardes, tenían en claro lo que harían.

Escucharon a la joven cantar una vez llegada la noche, canturreaba diversas canciones conocidas para ellos mientras paseaba de un lado a otro en su habitación. Poca importancia le prestaron, no era la primera vez que hacía aquello. Y al igual que tantas otras veces, ignoraron completamente el contenido de sus cantos, seguros de que serían simples palabras vacías, como las habían visto siempre.

Al día siguiente, antes siquiera de que sus padres se dieran cuenta la muchacha había partido rumbo a la estación de trenes, sumamente abrigada y cargando una maleta. Sabiendo que habían ignorado su “aviso”, la joven dejó una misiva de su puño y letra sobre la mesilla junto a la entrada.

Seguramente encuentren esto antes de darse cuenta de lo que ocurrió. Como sé que no prestaron atención a lo que dije ayer mientras cantaba, se los recuerdo por aquí. Partiré de viaje, no sé a donde iré, y estoy segura que jamás volveré. Espero puedan aprovechar el silencio que reinará dentro de poco, o sino, que al menos puedan entender sus ruidos.
Sepan que a pesar de no saber entender lo que les dije durante años, los quiero.

A lo lejos, se oía el ruido del tren, partiendo hacia el horizonte.

De la Niebla al Tiempo

Desesperanza.

Su vida se había reducido a ello desde hacía una década. Se había lamentado demasiado por aquellos trágicos hechos que marcaran su vida, reprochándose a si misma día a día todo lo que hubiera podido haber hecho para evitar tales acontecimientos. Cerró los ojos, vaciando su mente, dejando que el bosque llenara cada aspecto de su ser.

Aquello era lo único que lograba acallar las dispares emociones que se cernían en su mente. ¿Quién diría que la temible cazadora oscura tendría tales conflictos emocionales dentro suyo? Muchos le temían por su simple apariencia, y en parte agradecía las eternas distancias que la gente tomaba para con ella, pero algo en su interior últimamente le decía que no podría seguir huyendo del gentío. Aunque su más reciente revelación le hacía más difícil aquello.

Despegó los parpados, permitiendo a aquellos ojos rojos observar su entorno. Delante suyo, como esperaba, el cuervo le dedicaba la misma mirada rojiza. Se terminó relajando, y con ello, la espesa niebla que se arremolinaba en su entorno, difuminando los bordes de su propio cuerpo, desapareció, dejando aquel claro en la más absoluta calma.

Resopló bastante agotada, aquel particular entrenamiento era más difícil de lo que había podido sospechar en un primer momento, pero no por ello podía darse por vencida. Aquella particular revelación era su mejor defensa, y si aprendía a dominarla podría utilizarla para defender su propia vida.

Soltó una carcajada extraña, particular, vacía.

– ¿Quién lo diría? ¡Soy la hija de la niebla! – Exclamó la mujer, observando el gris de sus manos -. Todos estos años he hecho tonterías para asegurarme que nadie encontrara la Luz Blanca por miedo y ahora… ¡Ahora resulta que soy parte de esta condena! Sigo sin creerlo ¿Qué me dices tú?

El cuervo graznó ante ella antes de remontar vuelo y dirigirse a lo alto del claro. Volvió a llamarla, haciéndola salir de su ensimismamiento. Se puso de pie de un salto, tomó sus pertenencias y se echó a correr, siguiendo los graznidos de su compañero. Algo estaba ocurriendo, de otra forma no le apremiaría de tales maneras.

De pronto, el animal calló, alarmando aún más a la cazadora, quien presurosa trepó a la copa de un árbol cercano, buscando así tanto ocultarse como esconderse de aquello que tanto había perturbado al animal. Abrió los ojos sorprendida al observar a una niña desesperada, abrazándose a si misma debajo de algunos arbustos. Claramente se estaba escondiendo.

Contuvo un gruñido, buscando con la mirada aquello que había alterado a la muchacha. Casi como si la hubiera llamado con la mente, algo semejante a un gran felino se acercó a la muchacha. La niebla había hecho de las suyas con aquel animal, y ahora le tocaba ella asegurarse de que no siguiera haciendo daño a nadie.

Tomó una flecha, tensó el arco y antes de que el animal se diera cuenta, la flecha le había atravesado el cuello, en un punto vital. Tomó otra flecha, esperando cualquier reacción de la niebla sobre la bestia, la cual a pesar de la terrible herida parecía como si nada pasara. Si algo había que tener en claro con tales criaturas, era que no importaba que tan vital haya sido el punto de ataque, si la niebla decidía que el animal se moviera, el animal se iba a mover.

El felino buscó con la mirada a su atacante, desesperado por no dar con ella. La mujer disparó nuevamente, dando en el lomo del animal. Este rugió furioso, aún más desesperado que antes por dar con ella. Y ante aquello, la niña comenzó a gritar con más fuerza, llamando nuevamente la atención del animal quien perdió prontamente el interés en su atacante.

Maldijo para si misma, colgando el arco de su hombro mientras desenvainaba su espada. Sabía que no era ni de lejos comparable su habilidad con aquella hoja como lo era con las flechas, pero si no se dejaba ver el animal destrozaría a la niña.

La muchachita que había sido perseguida largo rato por el animal observó aterrada como la figura de una mujer surgía de entre la copa de un árbol y sostenía una espada. Su corazón estaba a punto de salirse mientras observaba como entre el animal y la mujer había ciertos parecidos. Ambos poseían los ojos rojos, además de aquel extraño color grisáceo en la piel y pelaje. Horrorizada de lo que aquello podía significar, se levantó de un salto y salió disparada por donde había venido, esperando encontrar refugio alguno.

La cazadora aprovechó la huida de la niña para pelear con mayores libertades, sonrió en lo que parecía una mueca. La niebla lucharía en aquel momento. Lanzó estocadas a diferentes partes de la bestia, sabiendo que hasta que la niebla no lo decidiera, el animal por muy muerto que estuviera no caería.

Con cada ataque, con cada momento su mente se ensombrecía, y por una extraña razón, su visión se iba difuminando. De pronto, dejó de ver propiamente dicho, sino que sentía cada uno de los movimientos de la bestia a medida que estaba iba decidiendo qué hacer. Dio un salto hacia atrás y observó con mayor atención su entorno, la niebla lo había cubierto todo.

Algo en su mente al comprender aquello. La niebla era su guía. Podía usarla para prever cualquier acción de la bestia porque era una con ella. La iluminación le llegó al momento en que levantaba la mano, como si sostuviera algo en ella.

Cerró los ojos, disipando las turbaciones de su mente, concentrando su mente en cargar con aquello. Y así como lo pensó, sintió el peso de la niebla en su mano. Al abrir los ojos observó la bestia muerta, purificada, y la niebla disipándose en su mano. Sonrió de lado… La niebla no sería nunca más su enemiga.